Cuentos en la radio: “Ningún futbolista nació en San Clemente”

Nació en la noche más calurosa del 80, el quinto día de enero. Lo llamaron, anacrónicamente, Rubén. Rubén Darío. Salió del hospital tres días después de su natalicio. Entre los regalos que lo esperaban en su casa brillaba más que ninguno una pelota de fútbol número 3 que su padre, Omar, había comprado el día anterior.  Durante los primeros meses la madre sentaba al bebé en un andador cada vez que necesitaba hacer cosas en la casa y el padre aprovechaba esta situación para hacer rodar la pelota hasta los pies del niño, esperando que la pateara. Así creció y fueron poniéndose en su cabeza sueños de futbolista, de empezar en las divisiones más bajas de algún club local, de ser ojeado por el representante de un equipo chico de primera división. De ahí directo al exterior, sin pasar por River o Boca. A los seis años lo anotaron en la escuelita de fútbol del barrio, Zonda Norte. Las primeras etapas fueron las de siempre; los ingenuos entrenadores que les gritan a los pibes que no corran todos atrás de la pelota, las peleas entre los padres de las hinchadas rivales, alguna buena gambeta de Rubén que hacía soñar a Omar…

La primera copa se hizo esperar dos años. Si bien para algunos un torneo ganado a los ocho años no significa nada, el señor Darío sabía bien que un crack ya la descose desde chico. Pero Rubén no era bueno. En verdad el problema no estaba tanto en su falta de talento, en la carencia de gambeta, en la mala dirección de los tiros libres, ni los pifies en las pelotas fáciles; esas cosas se solucionan. La traba más grande era (y en el fondo Omar lo sabía) su falta de inteligencia. Esta falta de inteligencia que inundaba toda su vida: en el potrero, en la escuela, en la calle…

Fue rotando de puestos. Lo probaron de delantero, de centro, de carrilero, de defensa, pero nada. Los números se sucedían en su espalda, todos con la misma infructuosidad. Igualmente, como se dijo, era un chico, y en el club le tenían paciencia. Además tuvo la suerte de estar rodeado de compañeros hábiles que podían remediar sus faltas. Si la tiraba larga ellos corrían para alcanzarla, si la perdía en defensa el arquero la tapaba con unas acrobacias fantásticas. Fueron ellos los que lograron el tricampeonato del 93 al 95. En el 96 salieron segundos, pero de todas formas fue un logro que el club nunca antes había siquiera imaginado. Esa categoría les regaló una fama insospechada que no duró mucho tiempo ya que la institución trabajaba con niños menores de 14 años.

Cantero y Rodríguez se fueron a probar a Buenos Aires y no se supo más nada de ellos. Álvarez y Paz se dedicaron a los estudios y no volvieron a rozar los deportes. Rubén todavía guardaba en su alma el sueño de llegar a primera, de la hinchada gritando su nombre, de clavar en el ángulo el último penal de la final por la Libertadores, de llegar alguna vez a conocer la verdadera gloria. O quizá este sueño era el de su padre. Fue por esto que junto con Soto fueron a probarse a Deportivo Esmeralda, un club de la zona, que la peleaba en la C. Fueron dos fines de semana para la prueba y Soto quedó. A Rubén le pidieron que volviera un tercer sábado para una prueba más. Vaya uno a saber qué virtud agazapada habrá creído reconocer el director técnico, pero lo hizo quedarse. Ese año dejó todo en cada entrenamiento, tanto fue así que llegaba a los partidos cansado. Todas las pelotas le quedaban largas, no tenia pique ni velocidad. Casi no se despegaba del suelo en los corners, ni en ataque ni en defensa. En definitiva, no tenía reacción. Extrañamente tuvo una idea lúcida. Se dedicó a practicar tiros libres, tres o cuatro horas al día. Le bastaron un par de meses para ser un experto. La clavaba desde cualquier lado. Hizo seis goles en los últimos cuatro partidos, y aunque la temporada ya estaba perdida desde hacía demasiadas fechas, su nombre empezó a figurar un poco más dentro del ámbito. Lamentablemente repitió primer año. Se dijo que era por tanto tiempo dedicado al fútbol, pero su falta de genio era evidente y la arrastraba desde hacía tiempo. De todas maneras ni a él ni a su padre le importó demasiado; el objetivo era llegar a primera y la escuela no podía hacer otra cosa que entorpecer. Fue así que, contra la voluntad de su madre, dejó el colegio y soñó con el siguiente campeonato.

El esfuerzo dio frutos durante las primeras fechas: acumulaba goles sin transpirar. La táctica era buscar la falta cerca del arco. Una vez que se escuchaba el silbato, Rubén se acercaba relamiéndose. Tomaba por lo general cuatro pasos de carrera, que recorría para empezar con una marcha corta, a la que le seguían dos pasos largos. Después se detenía, levantaba la cabeza y acomodaba la pelota a su gusto. No tardaron los adversarios en evitar las faltas cercanas a los 35 metros del arco. Fue así que comenzó la sequía para Rubén. En cuanto empezaron a espaciarse sus goles sus falencias volvieron al primer plano. Después de algunas fechas lo dejaron en el banco. Si iban perdiendo, entraba en el segundo tiempo con la esperanza de que una avivada terminase por significar un gol, pero era muy difícil. Además sus compañeros empezaron a  simular las faltas descaradamente y después de un tiempo los árbitros dejaron de cobrar incluso las infracciones reales. Todo esto terminó pintando un panorama pésimo para Rubén. Con 17 años y sin ningún destello de gloria empezaban a cerrársele los caminos.  Ese torneo terminó con un tibio mitad de tabla para Deportivo Esmeralda, y una penosa decadencia para Darío. Llegado el verano volvieron los entrenamientos, los amistosos con los clubes de la zona y la temporada de pases. Cuando se anunciaron los refuerzos el nombre Alcides Villalba quedó resonando en los oídos de nuestro jugador. Era lógico que el 10 paraguayo venía a reemplazarlo.

Después de eso se probó en clubes de primera división, sabiendo que allí los goles importan mucho más que en la C. Pero no valía la pena dejar afuera a un buen jugador para poner a uno que perdiera pelotas, que no acertara los pases, que termine trayendo complicaciones en la defensa; todo con la esperanza de que cada tanto clavara algún tiro libre. Era más probable que la presencia de Rubén diera goles a los contrarios que a los propios. Además, por aquella época, en primera sobraban buenos pateadores. Decepcionado volvió a San Clemente, trató de terminar el colegio, de volver a hacer primer año, pero ya había perdido el ritmo (o tal vez nunca lo había encontrado).

En abril dejó los libros y pensó en trabajar.  Primer año incompleto, decía en todos sus curriculums que se veían demasiado vacíos. En los meses sucesivos no lo llamó nadie. Al día siguiente de cumplir 20 años sus padres le dijeron que tenía que empezar a hacer algo, o irse de la casa. Entonces salió a suplicar trabajo en un puesto ubicado sobre los márgenes de la costa. Allí vendían recuerdos de San Clemente. La franquicia era realmente pequeña, apenas un metro por dos. En una de las paredes más extensas, la que miraba hacia al mar, se abría una ventana desde donde se atendía al público. Adentro el paisaje era una grosería excéntrica. Las estanterías atestadas de pequeños objetos de plástico invadían el reducido espacio. Rubén se pasaba el día entre virgencitas y barquichuelos posados sobre almejas, caballitos de mar  que cambiaban de color según el clima, sacacorchos de hombrecitos que simulaban estar sujetando sus partes pudendas, o bolas de cristal que aparentaban una nevada realmente inoportunas para una zona balnearia. Rubén era el encargado de grabar sobre los codiciados objetos alguna simpática inscripción con un tosco fibrón negro, que a veces tenía que chupar para que funcionara.

No le iba mal, pero tampoco bien, por supuesto. Con lo que ganaba le alcanzaba para darle algo de plata a sus padres, y guardar algo, muy poco, para él. Se enamoró algunas veces, y pocas fue correspondido. Hoy tiene 32 años y sigue vendiendo recuerdos en la costa. Si bien, por su edad, sus sueños de futbolista ya están totalmente despedazados, hay quienes dicen que en determinadas noches se lo ve en alguna plaza clementina parado frente al arco pateando tiros libres que estallan contra el travesaño, rememorando las épocas de su juventud en las que los sueños no eran todavía desilusiones y arrepintíendose de la mayoría de sus actos. Hay quienes agregan que mientras tanto, llora.

 

Nota del autor: Desde chico noté que determinadas instituciones buscan ocultar, como con un parche transparente, la pobreza pragmática con simbólicos nombres que remitan a la grandeza, la prosperidad y la ostentación. Así, los barrios marginales se llaman “El Progreso”, “El Trabajo” o “Diamante” más como una expresión de deseo que como una característica real del lugar. En este texto que escribí (mal) a mis 18 0 19 años seguí esta prerrogativa y llamé “Deportivo Esmeralda” al segundo club de Darío, como para representar su austeridad. Como una broma de la suerte, al año siguiente me mudaría de Ciudad y cinco años después cambiaría nuevamente de casa y de calle; exáctamente a la tristísima calle “La Esmeralda”.

Si te quedaste con ganas de más pasate por el sitio de Nahuel Soriani, donde comparte otros cuentos, te dejamos el link:

https://denuevoinsomnio.wordpress.com/

 

Dejá un comentario