40 AÑOS DE THE CLASH: EL PUNK QUE ABRAZÓ EL FUTURO

“Qué difícil va a ser vivir luego de que los dos sietes colapsen”, decía Culture en Two Sevens Clash, la canción que nombraba su disco de 1977. En ella, la banda jamaiquina cantaba sobre la teoría del apocalipsis que Marcus Garvey había predicho, específicamente para el día 7/7/77.

Pero no fue en Kingston, sino en el distrito londinense de Covent Garden, donde aquellos versos sonaron más fuerte. Los habitués del Teatro Real de Ópera empezaban a respirar aliviados con el cierre temporal del lindante –y ruidoso– mercado de frutas y verduras, aunque poco pudieron anticipar el colapso del 1º de enero de 1977. A escasas cinco cuadras de la ópera, el Roxy abría sus puertas esa misma noche. Su propósito: ser el refugio de marginados y de bandas desplazadas de otros lugares de la ciudad.

Durante las primeras horas del año nuevo, una de esas bandas se subía al escenario para iniciar las festividades. “Nosotros somos The Clash”, se oyó como grito de guerra a través de los parlantes. Y es que Joe Strummer, Mick Jones, Paul Simonon y el batero temporal Rob Harper no la tuvieron fácil. Llegaron como reemplazo de último momento de los Sex Pistols y les tocó batallar con equipos de segunda frente a un público intimidante que superaba la capacidad permitida. La performance, documentada por Julien Temple, habla por sí sola: se trata de un asalto de rock de alto octanaje guitarrero que parece tallar el futuro mote de “la única banda que importa”. Con tan solo seis meses de vida, The Clash carreteaba en un vuelo hacia la eternidad.

Desde el amor por el rock de raíz de los Rolling Stones, The Who y The Kinks hasta el sonido revelador de MC5, Ramones y The New York Dolls, pasando por el reggae con el que el DJ y documentarista Don Letts musicalizaba el Roxy, el cuarteto construyó sus primeras canciones, muchas de las cuales terminaron en su primer disco. The Clash se ungía en convicción y adrenalina con cada coro gritado, con cada riff y beat circular, y en el camino ilustraba una realidad cáustica: la falta de opciones de trabajo (Career Opportunities), la influencia de la cultura y la política yanqui (I’m So Bored With the U.S.A.) y una desilusión general con la actualidad de entonces (Hate and War, London’s Burning). Pero también se ponían jocosamente desafiantes, como en Garageland, donde le responden a un crítico musical, o en Janie Jones, el relato de una madama y cantante inglesa, famosa por sus fiestas sexuales, y hasta se dan el lujo de poner a prueba el léxico del punk con su remake de Police & Thieves, de Junior Murvin.

Así como los Pistols se habían incubado en la visión de Malcolm McLaren, los Clash difícilmente hubiesen existido sin el mecenazgo inicial de Bernie Rhodes. Siendo temporalmente empleado de McLaren, Rhodes absorbió la admiración por el arte provocativo y de catalización política de la Internacional Situacionista, y también el impacto cultural-estético de la escena de Nueva York que dio origen a Patti Smith, Television, Talking Heads y Ramones.

Con el antecedente de ser mánager de London SS –donde Mick Jones tocaba la guitarra–, Rhodes decidió llevar a cabo el plan de armar y dirigir un nuevo proyecto al que pudiera inyectarle sus ideas políticas, visuales y musicales. Había convencido a Jones de enseñarle a tocar el bajo a Paul Simonon y, al mismo tiempo, los tres descubrieron una banda tradicional de bares que tenía al cantante que necesitaban. Según la liturgia popular, Rhodes le dio 48 horas a Joe Strummer para dejar a su grupo, los 101ers. Strummer respondió en 24, pero irónicamente habían sido los Sex Pistols quienes lo empujaron a ser parte de The Clash: “Vi a los Pistols en vivo y supe que el R&B estaba muerto y que ese era el futuro. El día que me uní a The Clash fue como empezar de cero”, dijo alguna vez.

Tanto Rhodes como McLaren y sus representados encontraron en el punk un vehículo de revolución para un país en llamas. Con el Partido Laborista al poder, Inglaterra se sumergía en una crisis sociopolítica agravada por el alza en el precio del petróleo, reiteradas huelgas sindicales y más de un millón de desempleados. Aquel caos impulsó el ascenso del ultraderechista Frente Nacional, mientras que el Partido Conservador afilaba las uñas detrás de la figura de Margaret Thatcher. El punk estaba hecho a la medida de esos acontecimientos, y The Clash tenía las armas para dar batalla.

En agosto de 1976 ocurrió un evento crucial que separaría a Strummer y sus camaradas del resto de la escena. Para su décima edición, el carnaval de Notting Hill había reunido a más de 150.000 personas, en su mayoría expatriados caribeños que se mezclaban con los locales en un ambiente de música y color. Strummer y Simonon fueron testigos de cómo la cosa se puso agria cuando un policía trató de arrestar a un carterista e inmediatamente desató una trifulca que dejó como saldo 100 oficiales heridos y 66 ciudadanos arrestados. Aquel acto quedó en la memoria colectiva como el símbolo de la opresión de ese momento. Strummer, conmovido por cómo “el hombre negro tiene muchos problemas, pero no les importa arrojar un ladrillo”, pensó en llamar al grueso de la población blanca a levantarse y pelear por sus propias causas con un himno de dos minutos, simple pero efectivo.

White Riot se editó como single en marzo de 1977 y anticipó el corpus que The Clash publicaría un mes más tarde. The Clash, el disco, se había completado en tres fines de semana con la ayuda de su sonidista Mickey Foote en los estudios de CBS. El sello los había reclutado a principios de ese año por 100.000 libras, una suma escandalosa para un artista que llevaba no más de 30 shows en su haber. Tanto es así que Mark Perry, fundador del zine Sniffin’ Glue, enfurecido por el panorama, decretó: “El punk murió el día que The Clash firmó con CBS”.

Obviando aquella acta de defunción, el álbum logró escalar al puesto 12 de los charts británicos y tuvo una recepción más que favorable de la crítica. Con el tiempo, The Clash se perfeccionaría: Give ‘Em Enough Rope (1978) reunió un buen puñado de tracks que refinaron la primera fórmula, y London Calling (1979) los elevaría al olimpo del clasicismo, pero fue en el homónimo donde registraron un testimonio esencial para comprender una época turbulenta, pero fascinante.

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